Prensa GADLP | 26-08-2025
Tocó vivir una reunión especial donde los invitados fueron anfitriones y agasajados, a la vez. El Centro de Acogida María Esther Quevedo encierra decenas de historias que salieron entre las lágrimas de la nostalgia y la sonrisa de la convivencia de muchos abuelos.
En el Día de la Dignidad de las Personas Adultas Mayores, el Servicio Departamental de Gestión Social (Sedeges), preparó una actividad distinta. La cita fue temprano y en el lugar los asistentes ocuparon las banquetas que se encuentran en la calle final Indaburo; todo esto en el centro paceño.
Ya en el interior del centro de acogida, el recorrido se hace emotivo en cada residente, varios caminan con dificultad, con las manos temblorosas y muy ansiosos por ver a los nuevos del lugar, al equipo de prensa que llegó como visita.
Los rostros desprenden alegría con abrazos, bailes y una comilona preparada para este día especial. Muchos buscan el micrófono para contar sus historias. Las voces se entrecortan, casi mascullando las palabras, mientras las miradas cansinas se desdibujan con cada surco que expresa el cansancio de la vejez.
Amparo es la de cálida recepción, ni bien cruzamos la puerta toma de las manos a una compañera periodista que siente el frío intenso, casi en los huesos e intenta interactuar con ella. La respuesta es un apretón de manos; de inmediato ambas salen a tomar el sol en un espacio más cálido.
Cuando la periodista regresa al interior del hogar aparece Victoria, quien expresa emoción al ver al compañero de trabajo con la cámara. La sexagenaria es una de las más activas que camina entre los pasillos; casi siempre está elegante, con su pollera, manta y un sombrero de borsalino, junto a su amiga Victoria, de historia similar.
“Ellos, tras haber formado, criado y luchado por una familia, fueron despojados de la misma”, comenta el fisioterapeuta del centro de acogida, Cristóbal López.
Victoria es la primera entrevistada. Ella cuenta con la voz elevada que se enfermó en la ciudad de El Alto donde fue socorrida por personal de la Defensoría Municipal, dice que fue abandonada en la parada 4. “He esperado largo rato y nunca han llegado, me han botado, yo no soy perro, yo no soy un chancho, hermana, yo soy una mujercita”, cuenta entre lágrimas.
Sumidos en la soledad, ahora, lo único que piden es un poco de atención para contar sus historias, entre verdades, recuerdos, fantasías y hasta sueños, como Martha a quien vimos toda ansiosa, preparando sus bailes. Ella comenta que es una gran estudiante, que estudia diferentes materias y que pronto dará un examen, e incluso le preparan su vestuario.
Los pasillos se hacen extensos y se presenta la señora Esperanza, quien dice que se siente muy mal, porque está en el lugar incorrecto. “Yo no debería estar aquí, soy muy joven para estar aquí; aquí todos son viejitos y yo no soy viejita”, comenta con expresión de sollozos. Nuestra entrevistada asegura que tiene un esposo muy guapo que la viene a visitar todos los días junto a su hijo de no más de 10 años de edad.
En el comedor están los varones con traje casual, algunos más lúcidos y separados uno en cada mesa. Ellos miran atentos una película de acción, entre tanto las enfermeras preparan medicamentos y otras cosas, y también les ayudan con el cambio de ropa y les acomodan unos calzados.
Al salir del merendero se visibiliza un escenario festivo, lleno de globos coloridos, golosinas, tortas, gorros cumpleañeros y hasta un payaso. A la espera de los protagonistas están decenas de adultos mayores, varios atraviesan demencia senil o alguna discapacidad motriz, pero, como es característico de la edad, tambien padecen falencias en algunos de sus sentidos.
Estas personas son testimonios vivos de la historia de nuestro departamento, que corrieron y jugaron por las primeras plazas céntricas en la urbe, pero en un momento vivieron el abandono total.
Carlitos, así le llaman al más lúcido del centro de acogida. Pese a su falta de formación escolar o académica se expresa con propiedad. Él cuenta que prácticamente nació y vivió en el abandono, nunca conoció a sus padres, creció junto a familiares e intentó ingresar a la escuela, y solo llegó hasta tercero de primaria.
“A mi siempre me ha gustado recitar y bailar, sé querer participar y la ‘profe’ me sabe decir: ´para este día, Carlitos, tienes que venir bien uniformado, con tu pantaloncito y tu camisa blanca’. ¿Acaso sé tener?”, afirma Carlos y se pone a llorar, a lo que interrumpimos con un comentario, ya que de mucho tiempo pudo lucir un pantalón de tela negra, una camisa blanca y un gorro para bailar al ritmo de ‘pastorcita’, junto a una de sus compañeras, “hoy ha sido un día diferente, don Carlitos”, le comenta su pareja de baile.
Carlitos jamás se animó a tener una familia por temor a que un día pregunten por sus padres y hermanos. Dedicó toda su vida al oficio de aparapita, hasta que la edad, junto a diversas dolencias, vencieron y por su propia decisión se fue al centro de acogida, desde donde agradeció al personal del Sedeges por su paciencia.
“A los viejitos hay que cuidarlos, como hacen aquí, les dan de comer, los cambian y hasta los llevan al baño, no sé si los hijos podrían hacer todo eso por ellos”, añade, plenamente agradecido con Dios y la vida porque nunca lo dejó caer en el vicio ni en la soledad, pues ahora él dice tener lo que nunca tuvo en su vida: cariño, cuidado y respeto.
Carlitos tiene el privilegio de bailar con Martha, quien estaba emocionada porque debía responder a su examen de danza con su pareja ocasional y un grupo de acompañantes.
Previamente, Francisca y Victoria fueron las primeras en ingresar a la pista de baile al ritmo de la morenada, toda risueñas, hasta se pusieron a jugar y participar en las dinámicas del Jackson, el payaso que arrancó más de una sonrisa en los asistentes.
Muchos se emocionaron con la presencia de niños, que también hicieron su número de baile, al igual que las mascotas del centro de adiestramiento, a las cuales no les faltó el beso y el abrazo de la abuela.
La actividad finaliza luego de mediodía, con el regalo de colchones, camas y medias abrigadoras por parte del Servicio Departamental de Gestión Social, además de una comilona de pasteles de diferentes tamaños y colores que emocionan a los abuelos del hogar.
“No abandonen a nuestros abuelos, hoy es un día para que ellos reciban mucho cariño y amor, debemos reflexionar y pensar que un día llegaremos a esta edad, por eso pido a la sociedad actuar siempre con empatía”, afirma la directora del Sedeges, Beatriz Churata.
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ECM.
Publicado el 27-08-25